Esta entrada corresponde a mi aportación a la Revista del Colegio de Médicos de Asturias, publicada en el número de Enero de 2013. Espero que sea calificada, si no de interesante, al menos de curiosa entre los pertenecientes a la profesión y los ajenos.
EL LARINGOSCOPIO
Entre los aperos de labranza de los que dispongo para llevar a cabo las tareas correspondientes a mi profesión se encuentra el laringoscopio. Quizás sea la herramienta más conocida y representativa del anestesiólogo, pero a la vez, es la gran desconocida, incluso entre los profesionales.
EL LARINGOSCOPIO
Entre los aperos de labranza de los que dispongo para llevar a cabo las tareas correspondientes a mi profesión se encuentra el laringoscopio. Quizás sea la herramienta más conocida y representativa del anestesiólogo, pero a la vez, es la gran desconocida, incluso entre los profesionales.
El laringoscopio es un instrumento que sirve principalmente para visualizar las cuerdas vocales y permitirnos realizar la intubación traqueal del paciente. Se compone de dos partes exclusivamente: la primera, una pala que se introduce en la boca del paciente y sirve para apartar la lengua, y que al final de la misma se encuentra usualmente una fuente luminosa, que puede ser una pequeña bombilla o un punto de luz de fibra óptica; y la segunda un mango que permite su agarre y utilización y que aloja en su interior las pilas que alimentan la bombilla o la fuente luminosa.
Su sencillez no le quita en modo alguno importancia con respecto a utensilios más complejos. Se trata de un instrumento extremadamente simple pero que, además de permitir la actividad anestésica diaria, ha salvado multitud de vidas de pacientes críticos.
Pues bien, tenemos que sentirnos orgullosos porque todo esto se lo debemos a un español, D. Manuel Vicente Patricio Rodríguez Sitches, conocido curiosamente como Manuel Vicente García, barítono, maestro de canto español, investigador extraordinario, primer científico de la voz e inventor del laringoscopio. Personaje que sin ser médico ha sido uno de los españoles que más ha contribuido al desarrollo de la ciencia médica.
D. Manuel nació en Madrid el 17 de Marzo de 1805, en la Travesía del Reloj, en las proximidades del Palacio de Oriente, conocida antiguamente como Calle del Limón Baja y vulgarmente como Calle del «Limoncillo», y falleció en Londres el 1 de Julio de 1906.
Toda su extensa vida (101 años) se vio rodeada de música. Su padre fue Manuel del Pópulo Vicente Rodríguez Aguilar, conocido desde pequeño como García, el apellido de su padrastro. Afamado tenor, maestro de canto, compositor sevillano y colaborador y amigo de Rossini, quien compuso para él la parte de tenor de sus óperas El Barbero de Sevilla y Otello. Su madre (y segunda esposa de su padre) fue María Joaquina Sitches, conocida como "la Briones". Sus hermanas María Malibrán y Pauline Viardot-García fueron dos de las cantantes más importantes de la época. Se casó con la soprano Eugénie Mayer, soprano de profesión, con la que tuvo como hijo el barítono Gustave García.
El 29 de Noviembre de 1825 comenzó su carrera musical con la presentación de “El barbero de Sevilla” en el Park Theatre de Nueva York. Con el paso de los años, los críticos y su comparación con su padre hicieron que Manuel García abandonada los escenarios y se interesara más por la medicina.
En 1830 empezó a trabajar en el Hospital Militar de París, donde se interesó por los mecanismos de la voz humana. Exploró a pacientes que tenían lesiones traumáticas o infecciosas en el cuello y en la laringe, con la intención de buscar las bases anatómicas y fisiológicas de la producción de la voz humana.
Como maestro de canto fue considerado el intermediario entre la época del bel canto y el siglo XX, pero su fama no le llegó por el arte, sino que se convirtió en una de las figuras del estudio de la música desde el punto de vista científico, lo que hizo que fuese nombrado en 1835 profesor de esta materia en el Conservatorio de París, alcanzando la cátedra 5 años más tarde.
Manuel García enseñó también en la Academia de las Ciencias de París, donde presentó su obra magistral «Memoria sobre la Voz Humana» con la que obtuvo un espectacular reconocimiento en el ámbito médico y científico de la época.
En 1847 publicó su «Tratado Completo del Arte del Canto» que supuso una auténtica revolución e innovación en la docencia del canto.
En 1848, y a causa de la sublevación de la Guardia Nacional y la proclamación de la Segunda República de Francia, huyó a Inglaterra y se instaló definitivamente en Londres, donde comenzó a dar clases en su casa, y el 10 de noviembre de ese mismo año fue nombrado profesor de Canto en la Royal Academy of Music.
Su mayor obsesión era, por aquel entonces, comprender al más perfecto de los instrumentos musicales, la voz, dedicándose en cuerpo y alma al estudio de la anatomía de la laringe (en concreto a la disposición de las fibras musculares) mediante las disecciones anatómicas de la época y el estudio de animales. Pero todo esto no saciaba su ansia de conocimiento, por lo que pretendió ir un poco más allá, ver el aparato fonador humano funcionando en vivo.
Observando los reflejos que aparecían en los cristales de los escaparates de las calles, se le ocurrió la idea de combinar pequeños espejos para realizar sus autolaringoscopias indirectas, aprovechando la luz del sol. En 1855 se aplicó sobre el paladar un pequeño espejo de dentista modificado, pudiendo entonces observar los movimientos de sus cuerdas vocales, durante el proceso del canto, en otro espejo situado frente a sí. Es desde este momento cuando fue considerado el inventor del laringoscopio.
Según su propio testimonio: «Conociendo la profunda situación de la laringe y su sitio inaccesible a la luz, creí que mi idea era irrealizable. Mil veces la rechacé y mil veces acudió a mi mente con mayor fuerza. Por entonces leía yo un filósofo, creo que era Bacon, que decía que todas las ideas, por estrambóticas que parezcan, debe intentar llevarse a la práctica, y esto me animaba a seguir buscando el medio de realizar mi intento. Por fin, un día de sol espléndido (septiembre de 1854), paseando en París en el Palais Royal, ví en mi imaginación como un relámpago el mecanismo de la laringoscopia. Corrí inmediatamente a casa del instrumentista Charrière y le dije que quería un pequeño espejo montado en un largo mango de alambre: Charrière me enseñó al instante un espejillo de dentista que había construido en 1851 para exponerlo en Londres: el tal espejito respondía al que yo había visto in mente. Lo compré en seis francos y fui corriendo a un almacén, donde adquirí un espejo de mano de los corrientes. Impaciente por comenzar mi experiencia, llegué a casa, templé el espejillo en agua caliente para que no se empañase y lo introduje en la boca hasta apoyarlo en la campanilla. Yo tengo un gañote muy dócil (textual) que me permitió esta maniobra sin protestas. Abierta completamente la boca, dirigí con el espejo de mano un rayo de sol al espejillo que tenía en el gañote. En el acto ví mi glotis abierta y debajo una gran porción de mi traquea. La sensación que experimenté es indescriptible. ¡Había conseguido dar vida real a la idea que durante tanto tiempo me obsesionó!. Calmado de mi primera impresión, observé con detenimiento el modo de abrirse y cerrarse la lotis y la forma y actitud que tomaban las cuerdas durante la emisión de la voz».
Sus observaciones con el espejito laríngeo quedaron impresas en su trabajo titulado “Observaciones de la voz humana”, pero no habrían visto la luz si no lo hubiera comunicado al Royal College of Medicine el 22 de marzo de 1855, y si no llega a ser publicado en los «Proceedings» de la Royal Societyof London.
Gracias a lo que aprendió con sus experimentos al analizar su propia voz y laringe, desarrolló métodos de enseñanza del canto que alimentaron a los más importantes cantantes de ópera durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
Después de una provechosa vida el día 1 de julio de 1906 murió en Crikelwood, cerca de Londres, en su residencia «Mon abri», y fue enterrado en el cementerio contiguo a la iglesia de St. Edward en Suttonplace, próximo a Woking.
No me queda más que decir que descanse en paz y gracias, de mi parte y de parte de todos los pacientes que pudieron y podrán ser diagnosticados y tratados de sus patologías gracias al descubrimiento de esta sencilla herramienta, el laringoscopio.
Saludos 3.0.
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